?

Log in

No account? Create an account

Previous Entry | Next Entry

Respirar sangre | Darío/Blood | Apocalys

Título: Respirar sangre
Fandom: Graffiti ensangrentado (Original)
Claim: Darío Carter/'Blood'
Advertencias: Palabras malsonantes, maltrato y... ¿sadomasoquismo? ANGST! *yay*
Rating: T
Palabras: 2982 palabras.
Reto: Protección.


No era un secreto para nadie que Darío tenía aprecio a Blood.

Lo demostró desde el primer momento cuando, tras atraparla y hacerla prisionera en su territorio, convocó a todos los miembros del Ático para comunicarles con una sonrisa educada que nadie le tocaría un pelo a la chica mientras él estuviera al mando (en aquel punto ya se ganó la enemistad de varios, entre ellos a Sam con sus gritos airados y a Dimitri con sus sutiles miradas amenazantes).

Pero la cosa no acabó ahí y, ante la protesta general, Darío impuso una nueva norma: nadie se acercaría a la celda de Blood sin antes avisar de ello, y mucho menos podría llevar armas encima. Además, él sería el encargado de entregarle la comida y de hacer las guardias nocturnas cada noche. Sutilmente, marcó una distancia prudente entre sus agresivos compañeros y aquella que se daba por hecho que era la enemiga potencial del grupo.

¿Por qué lo hacía…? Nadie se lo pregunto nunca. Sam argumentó que Darío seguía guardándole a la niña cierto cariño por haberla conocido en su más tierna infancia, cuando aún podía sonreír con inocencia y mirar un cielo rojizo sin evocar inmediatamente la imagen de un mar de sangre. Muchos la creyeron. Nadie pareció tener otra teoría.

De ese modo, Darío se autoproclamó el benevolente verdugo de una de las más buscadas criminales de la ciudad. Velaba por su seguridad una vez el sol se ponía y cada día le traía lo él creía que Blood necesitaba (puesto que ella nunca le pidió nada; su lenguaje se limitaba a miradas desconfiadas de reojo). Siempre sonriente y siempre servicial. A la quinta noche, incluso pudo mantener una conversación a media voz con ella mientras hacía guardia en el pasillo. A la séptima, la mano pequeñita de Blood dejó la petrificada postura inerte que siempre tenía contra las baldosas del suelo para ceñirse a la manga del abrigo de Darío y detenerle cuando él se disponía a irse de la celda. Sus ojos mostraron una mezcla extraña de sentimientos: ira, recelo, extrañeza y curiosidad. Contradictorio.

─¿Por qué haces esto?

Como era de esperar, Darío le ofreció una cálida sonrisa antes de soltarse de su agarre con suavidad.

─¿Por qué no debería hacerlo?

La ira fue ganando terreno en los ojos dorados de Blood. Parecía como si se hubiera sentido indignada por una respuesta tan tonta.

─Porque soy tu enemiga. Porque trabajo en una organización de asesinos. Y porque no soy más que la puta del hombre que mató a tu padre ─dijo tajante, y sin duda, esperando un estallido de rabia por parte del chico.

No lo tuvo.

─Blood…

Darío se arrodilló en frente de ella para quedar a su altura y le tomó entre las suyas esa misma mano que ella había usado para detenerle. Blood sintió un escalofrío. Repudiaba el contacto corporal siempre no tuviera un significado claro y establecido a la vista (como la petición de sexo, por ejemplo) pero hubo algo en los ojos del joven que evitó que apartara la mano.

─Para mí no eres mi enemiga, ni siquiera… la asesina que dices ser. Aunque te parezca extraño, yo solo veo a la niña ingenua que me iba detrás en el orfanato haciéndome preguntas indiscretas e inocentes ─sonrió con ternura, rememorando esos tiempos─. ¿Lo recuerdas?

Blood se quedó unos momentos sin saber qué decir, sólo oteando desconcertada a su captor. Luego se soltó finalmente de un manotazo y aún sentada retrocedió de espaldas, alejándose de Darío sin dejar de mirarle, como un gato que ha visto la amenaza en el ambiente más clara que nunca. Sólo se detuvo cuando sintió que su espalda topaba contra la pared de la celda.

─¿Qué coño eres…? ¿Y qué quieres?

No había pizca de afabilidad en su tono.

Una vez más, Darío no se inmutó. Como si no hubiera sucedido nada se incorporó en pie de nuevo y se sacudió un poco los pantalones antes de hundir las manos en los bolsillos y mirar con una sonrisa amistosa a Blood; una postura completamente opuesta a la que ella había tomado para dirigirse a él.

─No quiero nada, sólo hablar contigo. Pero… quiero preguntarte eso yo a ti: ¿quieres algo?

─¿Eh?

─¿Hay algo que desees, algo que necesites para que tu estadía aquí sea menos tediosa? Solo debes pedírmelo, puedo traértelo cuando desees.

Reinó el silencio, y por unos instantes pareció que Blood no iba a contestar. Luego sólo agachó la cabeza y negó para sí, incrédula, como si no consiguiera entender a qué venía esa servidumbre y ese afán de que se sintiese a salvo, casi incluso a gusto allí. Era una prisionera. ¿Qué importaba lo que ella necesitase? Además, ¿acaso esperaba que aceptase ayuda de un desconocido tan fácilmente?

Sin levantar la vista, oyó como Darío daba un paso en su dirección.

─Lo que quieras ─la animó, tranquilo─. Vamos, Arín…

Aún con la vista baja, Blood abrió los ojos de par en par al oír su nombre resonar entre las cuatro paredes de esa fría celda. Su nombre verdadero, no ese estúpido apodo que le habían dado en la secta. Ese nombre que en más de una ocasión había creído olvidado y ahora le traía tantos recuerdos…

Dos niñas idénticas, dos manos tomadas, caras preocupadas, gritos, peleas, sangre… y una diminuta figura acurrucada en una esquina temblando.

Estalló.

─¡BASTA! ¡Largo de aquí, desaparece! ¡No quiero volverte a ver! ¡¡No quiero volverte a ver o te destrozaré!!

• • •

Darío no volvió por la celda de Blood en la siguiente semana.

Completamente sereno y formal, le pidió a Keith en su lugar que se encargara de vigilarla por las noches, y cuando además Spike se ofreció a repartirse con él el trabajo, Darío supo que dejaba aquello en buenas manos.

Por lo demás, nada hubiera hecho sospechar que algo había sucedido entre el líder y su protegida. Él actuaba como el perfecto planificador que era, siempre comunicando sus siguientes pasos en la investigación a sus compañeros, elaboraba teorías conspirativas y actuando con esa prudente objetividad tan suya. Ella por su parte no volvió a abrir la boca desde que tuvieron esa discusión, y en más de una ocasión Keith y Spike estuvieron tentados a asomar un ojo por la celda para saber si la pequeña cautiva seguía viva.

Y sin embargo, al tiempo de vivir en esa paralítica situación, Blood se descubrió a sí misma presa de un ansia incontrolable que ni ella misma sabría decir de qué era. Era una necesidad fogosa de comprobar que seguía viva, de ver algún movimiento a su alrededor, el que fuera. De oír alguna voz, alguna reacción en su entorno estático, algún color un poco más vivo que el gris de esas paredes de piedra.

Tuvo que pasar varias horas en ese estado hasta que comprendió que aquello que sentía eran ansias de matanza.

Entonces sucedió.

• • •

Era media noche cuando se empezaron a oír los golpes.

Se trataba de un repiqueteo constante que venía del sótano, apenas perceptible, pero que provocaba un leve retumbar entre las paredes de la habitación más cercana… la que Darío compartía con Sam.

Él fue el primero en despertarse. Sam, por suerte, yacía tumbada en la cama completamente dormida tras varias noches de fiesta y, pese a ser de sueño frágil, esos golpes no lograron despertarla.

El chico encendió una lamparita y se sentó en la cama en silencio tratando de escuchar, pero ya no le cabía duda. Algo raro estaba sucediendo en la celda de Blood.

Sin pensárselo mucho, tomó una camisa con que cubrirse los hombros y salió de la habitación en dirección al sótano. Conforme iba llegando el ruido de esos golpes se iba haciendo más nítido, pero no fue hasta que se adentró en el pasillo que conducía a la celda, que reparó en otro ruido que acompañaba metódicamente al de cada golpe.

Jadeos.

Darío frunció el ceño, y al llegar frente a la celda, abrió la puerta de golpe sin muchas ceremonias. La escena le dejó la sangre helada.

Blood estaba de pie en frente de una de las paredes de la celda, de espaldas a él, por lo que no le vio llegar. Su cabello largo caía en rebeldes bucles que le cubrían toda la espalda, pequeña, demasiado pequeña para semejante cabellera roja. Y ese mismo color rojo concordaba con el color de sus manos, cerradas en puños y sangrantes, conteniendo tanta tensión que parecía que iban a romperse de un momento a otro. Implacable, llevó un brazo atrás para tomar impulso y descargar con toda su fuerza un brutal puñetazo contra la pared frente a la que estaba. Una pared que, como un extraño y macabro jeroglífico, ya tenía rastros de sangre seca y salpicaduras por cada centímetro de piedra.

Frente al primer puñetazo Darío no pudo hacer nada más que mirar desconcertado la escena y sentir un ligero escalofrío en la espalda al oír un espeluznante crujido de huesos ajeno. Cuando Blood llevó el otro puño atrás para repetir la acción, Darío reaccionó.

─Blood… ─se obligó a llamarla por aquel falso nombre, ya que recordaba cuál había sido su reacción anterior.

Ella ni siquiera pareció escucharle. De nuevo, el sonido de carne contra piedra fue horroroso, y esta vez debió ser tan doloroso que le arrancó un grito agónico incluso a su propia autora. Inclinó el rostro apoyando la cabeza en la pared y se encorvó hacia delante, abatida, mientras dejaba caer el brazo sangrante a un lado del cuerpo. Si había oído la voz suplicante de Darío, por primera vez pareció reaccionar ante ella.

─Blood, ¿qué…?

─Cállate ─le espetó.

Inspiró aire audiblemente. Y entonces, contra todo pronóstico, volvió a erguirse e hizo ademán de volver a golpear la pared, pero Darío reaccionó a tiempo: se abalanzó hacia ella y la inmovilizó desde atrás, pasando los brazos por debajo de los suyos y pegando el pecho a su espalda. Blood se removió violentamente, como si de pronto hubiera recuperado la energía que parecía haber perdido segundos antes.

─¡Suéltame!

─¡Blood…!

Como una fiera fuera de control pataleaba, se movía tratando de zafarse, pero la fuerza física nunca había sido su punto fuerte. Todos y cada uno de sus intentos se veían reducidos a infructíferos espasmos, desesperados y a ciegas.

Se veía a leguas que no estaba viendo las cosas con claridad. Empezó a sollozar, pero el sonido estuvo teñido en todo momento por jadeos, por lo que invitaba más a pensar que era un llanto de pura ira que no de tristeza.

─¡Tú no entiendes nada!

─¿Qué es lo que no entiendo? ¡Blood, por favor! ¡Ya basta!

─¡NO! ¡Suéltame! Tú no lo entiendes, yo… ¡yo necesito esto! ¡Lo necesito como el aire! ─en uno de sus impulsivos movimientos alcanzó a darle un codazo a Darío en las costillas. Él se torció ligeramente, ahogó un gemido de dolor y no pudo evitar retroceder un paso para no perder el equilibrio. Quizás Blood no era fuerte, pero sí era persistente─. ¡DARÍO…!

Darío se quedó de piedra, y por unos instantes sus brazos se aflojaron un poco. Era la primera vez que Blood se había dirigido a él, es más, le había llamado por su nombre. Una llamarada de sentimientos pasó por sus ojos a la velocidad de la luz. A pesar de lo crudo de la situación, se sintió extrañamente alentado. Extrañamente conmovido.

Sin embargo, Blood no estaba para sentimentalismos. Aprovechó ese pequeño espacio de tiempo en que él había bajado la guardia y esta vez consiguió girar sobre sí misma, quedando frente a frente con su captor. De un solo golpe, le empujó con tanta ímpetu que consiguió que el finalmente perdiera el equilibrio y cayera de espaldas al suelo con ella encima.

Fue como si le hubieran golpeado la espalda contra una tabla de metal y sintió como el aire se le esfumaba de los pulmones. Pero sus brazos no se aflojaron de nuevo. Sabía que si volvía a dejar a Blood en libertad sería un peligro; tanto para él como para sí misma (y quizás, esta última parte era la que le daba más miedo).

─Blood… tranquilízate… ─dijo con esfuerzo, atando los brazos a la espalda de la chica y tomándose la muñeca contraria para afirmar el agarre.

Ella no se paró a escuchar y, viéndose incapaz de moverse, optó por otra táctica: arremeter directamente contra Darío. Y el modo en que lo hizo fue más propio de un salvajismo animal que nada más: aprovechó la nula distancia y hundió el rostro en la curva entre el cuello y hombro de Darío. Por unos instantes la cabellera de la chica le acarició las mejillas como si se tratase de finos hilos rojos sobre su piel. Luego sintió la feroz presión de unos dientes cerrarse entorno a su cuello. Como una vampiresa poseída, Blood no tardó en perforarle la piel hasta que Darío sintió que la cabeza le daba vueltas y el tacto caliente de la sangre propia le causaba escalofríos.

La joven permaneció en esa posición varios segundos, sin dejar de apretar en su herida, lo que pareció una eternidad. Luego soltó una risilla que tenía un punto histérico y, como si se tratase de un divertido juego, lamió la profunda dentellada lentamente.

Por raro que hubiera podido parecer, Darío no pensó en ningún momento que estaba en una situación de peligro. No pensó que Blood era una persona gravemente enferma, como cualquiera hubiera pensado en su situación. Su mirada permaneció confusa y ausente el breve tiempo que duró esa mordedura hasta que, cuando se detuvo, tragó saliva y abrió los labios secos para susurrar la temida pregunta.

─¿Por qué haces esto…?

Blood se detuvo, aunque no apartó el rostro del cuello de Darío, por lo que este no le pudo ver la expresión. Pero estuvo convencido de que tenía una sonrisa burlona cuando repitió la misma frase que él le había dicho días atrás.

─¿Y por qué no debería hacerlo?

Sutilmente, Blood volvió a detener los dientes sobre la herida, pero no hizo presión; no hizo falta. El simple contacto de esa dureza en la carne abierta ya dolió como mil demonios. Darío echó la cabeza atrás, cerró los ojos y entreabrió los labios con los dientes serrados en una leve expresión de dolor.

─Duele ─susurró en un tono apenas audible, más para sí que para ella. Había sido un pensamiento fugaz y se sorprendió a sí mismo cuando lo dijo en voz alta.

La risa maliciosa de Blood ya era una realidad.

─Esa es la idea ─contestó con una hiriente naturalidad.

Entonces, cuando la última gota de sangre se deslizó por su piel hasta el suelo, Darío lo comprendió. Fue como si una luz se encendiera de pronto en el fondo de sus ojos gris oscuro. Arqueó las cejas una fracción de segundo ante la sorpresa de su propio descubrimiento, y luego la comprensión relajó sus rasgos.

─¿Es esto lo que necesitas?

Pudo sentir como el cuerpo de Blood se tensaba de pronto como una vara. Una reacción. Era la confirmación que necesitaba para saber que había dado en el clavo.

─Tu apodo… no creo que te lo hayan puesto por casualidad ─comentó tranquilamente─. Necesitas la sangre. Su visión, su olor, su tacto… la necesitas como las personas necesitamos el aire ─pese a que estuvo seguro que Blood no le vería, esbozó una triste y cálida sonrisa al aire─. ¿Verdad?

La quietud más absoluta se hizo presente alrededor de ambos por unos segundos. Luego Blood se incorporó levemente apoyándose en las manos, y estas en el suelo a ambos lados de la cabeza de Darío. Le miró como si no consiguiera entender lo que decía, con el ceño fruncido y una expresión de tanta concentración que no pudo evitar enternecerle; era tal y como había sido en un pasado, la niña pequeña e impresionable trataba con todas sus fuerzas de comprender un mundo demasiado complicado para su sencillo espíritu.

Finalmente frunció los labios en una fina línea y Darío oyó el ruido de las uñas arañar el suelo cuando Blood cerró las manos en puños.

─Estás loco de remate ─sentenció con una voz que pretendía ser hiriente. Él sólo sonrió con naturalidad.

─La locura es más llevadera si es compartida.

Y dicho eso elevó las manos para acercarlas al cuello de su propia camisa, esa que aún llevaba puesta, y empezar a desabrochar los botones dejando al descubierto finalmente el cuello manchado de rojo, y posteriormente los hombros firmes y el pecho blanco y trabajado.

─No tengo el valor de negarte una necesidad vital para ti si tengo al alcance de mi mano ofrecértela.

Idiota…

Una vez se hubo desprendido de la prenda la dejó a un lado y ladeó la cabeza, pegando la mejilla al suelo y ofreciendo la lisa piel de su hombro y cuello a los ojos paralizados de Blood. La herida seguía allí, brillando en carmesí, y la atracción magnética que ejercía sobre ella provocaba una vibración perfectamente visible por cada rincón de su cuerpo.

─No voy a pedirte que te detengas ─la tranquilizó él, aún en esa indefensa posición. Y luego simplemente cerró los ojos como si esperase caer rendido a un plácido sueño.

Idiota, ¿cuándo dejarás de ofrecer tu aire a los demás…?

Y cumplió su promesa: no se quejó ni una sola vez, por muchas heridas que se abrieran una y otra vez por su cuerpo y muchos relámpagos de dolor que tuvo que contener dentro de su pecho.

Ambos sabían que esa noche no iba a ser la última.