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Sep. 4th, 2009

Fandom: Daemongelus (Original)
Claim: Gabriele/Carlo (con menciones de JJ).
Prompt: Ácido
Reto: Celos
Comunidad[info]mision_insana y [info]crack_and_roll
Advertencias: slash y violencia entre machos (?)
Tabla: líquidos
Notas: está sin betear, so... *rollingeyes*

 

 


Carlo retrocede un paso, pero sabe que no estará a tiempo de evitar el golpe. El primer puñetazo le sienta como el impacto de una roca incandescente en la mejilla; le tiñe el entorno de rojo difuso. Trastabilla y, aturdido, siente que su espalda choca contra algo duro como una tabla de hierro; sólo así deduce que ha caído al frío suelo de la calle. Y es que ahora mismo no puede pensar en nada. La única parte de su cerebro que permanece consciente está tratando de recordar cómo ha llegado a esta situación.

Cuando sonó el timbre y la clase empezó, el chico de los piercings fue a sentarse a última fila. Llevaba un cigarrillo en los labios que apagó con una sonrisa de disculpa en cuanto una profesora le echó una mirada. Algunas chicas rieron. El demonio supo que el chico de los piercings iba a ser popular.

Hacía relativamente poco que se estaba adaptando al mundo humano. Sin embargo, actitudes como esas no dejaban de sorprenderle; cómo un montón de jovencitas adolescentes podían reunirse en pequeños grupos y empezar a cuchichear con las mejillas encendidas mirando a cualquier chico que tuviera aire de ‘malo’. Humano, evidentemente. Un humano tratando de ser malo. Tenía gracia.

El demonio se recostó en la silla de su propio pupitre, mirando al techo con aburrimiento. Se preguntó si realmente todos los crímenes que había cometido merecían un castigo como aquel. Tener que abandonar un infierno sólo para meterse en otro… era humillante.

Abajó la mirada en el momento en que una chica pasaba por su lado, en el pasillo central. No le habría prestado atención de no ser porque vio el fugaz destello de la piel oscura de su brazo. Piel oscura. Piel de un color achocolatado, color cacao. Una sonrisa involuntaria cruzó sus labios; le había recordado, aunque fuera un instante, a las pieles negras de esas preciosas diablesas que había dejado en el inframundo. Muy amable por parte de la señorita.

Cuando ella fue a sentarse uno de los pupitres, junto con las que supuso que eran sus amigas, le bastó una ojeada a sus pensamientos para averiguar un par de cosas de ella: se llamaba Judith Jane, pero todos la llamaban JJ. Era una callejera, hija de la clase obrera. Sin embargo estaba lejos de ser una delincuente; los pensamientos de sus compañeros le indicaban que el barrio más bien la veía como una heroína. Una heroína de la clase baja, luchadora y justiciera por la igualdad. Interesante.

Le bastó una ojeada a sus pensamientos para saber lo más básico de ella. Sin embargo, también le bastó una ojeada real para saber que no era el único que se había fijado en JJ. El chico de los piercings la miraba. Con los ojos ligeramente más abiertos de lo normal, como si ella constituyera un ejemplar extraño de alguna especie. Entonces, de reojo, veía que ella le devolvía la mirada curiosa. JJ sonreía. Y el chico de los piercings abajaba la mirada también con una sonrisa, sumiso. Una amiga de JJ le susurraba algo al oido: Carlo Cetti. El chico de los piercings reía por lo bajo, sincronizado con el momento en que JJ decía por lo bajo a su amiga ‘es guapo’. Como si lo hubiera oído pese a que les separaban varios metros y el bullicio de una clase.

La mano que el demonio tenía cerrada entorno a un lápiz se crispó ligeramente una fracción de segundo. En la siguiente ya no había rastro del objeto, sólo una fina capa de polvo sobre el pupitre semejante a arena.

No te dejes llevar.

El demonio cerró los ojos y trató que el fuego que le nacía en el estómago se quedase allí, dentro de su cuerpo. Sería catastrófico que emergiera a sus ojos en forma de una mirada demoníaca ahora, rodeado de humanos.

Contra tus impulsos. Que Carlo Cetti no te haga perder el control.

Si algo no dejaba de sorprenderle al demonio eran aquellos humanos que iban de ‘malos’ por la vida, llenándose su frágil cuerpo de cadenas y armas o (como hipotético ejemplo…) de piercings. Pero en aquel momento eso no le sorprendió. Eso le enervó. A él. A una divinidad del averno.

Ese día, el demonio se propuso dos objetivos: conseguir a ese trofeo humano con piel de diablesa llamado JJ y aplastar a Carlo Cetti, el chico de los piercings, en el proceso. Y aquel pensamiento hizo que la ira que sentía en el estómago mutase en adrenalina ácida corriendo por sus venas y haciendo que sus mejillas se contrajesen en una lenta sonrisa.

Carlo trató de incorporarse, pero fue en vano. Su oponente avanzó el par de pasos que les separaban y le dio un fuerte pisotón en el hombro, manteniéndolo en el suelo. Carlo gritó. El grito tenía que haberse oído por todo el callejón, pero de algún modo supuso que su oponente se aseguraría que no fuera así. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión que no era humano.

Al igual que él mismo.

─Es mía ─la voz del demonio sonó como una orden. Una fría y autoritaria orden sin margen de protesta.

─¿Qué…?

No hubo respuesta hablada a ese inicio de pregunta. El demonio apartó el pie del hombro de Carlo, sólo para dirigirlo a su mandíbula en forma de un seco puntapié. Pero pese a que el gesto había parecido completamente carente de fuerza, Carlo sintió como si le hubieran abierto una brecha en mitad de la cara. Giró el rostro y el cuerpo a un lado como movido por una fuerza invisible, quedando varios metros alejado del lugar en el que había caído. Podía sentir el frío del asfalto contra la mejilla y el olor a agua de lluvia mojando su flequillo pelirrojo. La cabeza le daba vueltas.

Pudo oír los pasos del demonio acercarse y detenerse frente a él. Sabía que caerían más golpes si no decía algo pronto.

─No sé de qué estás hablando.

─No te hagas el tonto ─pudo oír una breve risa arrogante por parte del demonio, pero le sonó increíblemente lejana─. Quiero a JJ. Es mía. Así que tú vas a entregármela.

¿JJ…? Entonces le vino su imagen a la mente. JJ. JJ y su risa contagiosa. JJ y su cabello oscuro, sus ojos verdes gatunos. JJ en el momento en que le pidió salir. JJ y sus besos sabor caramelo. JJ y sus bromas, la forma cómo tenía de preguntarle si estaba celoso cuando miraba otros chicos, y cómo siempre conseguía arrancarle a Carlo un indignado ‘¿Celoso, yo? ¡Ja!’.

JJ.

Oyó otra risa fanfarrona.

─No puedo creer que JJ se haya fijado en alguien como tú… mírate, ni siquiera sabes pelear. Eres patético ─dijo como si se tratara de una obviedad.

Carlo cerró los ojos y dejó descansar la mente unos instantes. Sentía que en cualquier momento caería en la inconsciencia a causa del dolor, tanto físico como psíquico. Estaba seguro que el demonio le había roto la mandíbula y algún hueso del hombro. Perdía la sensibilidad por momentos.

El demonio se acuclilló frente a él y por un momento Carlo tuvo la vaga impresión que iba a volver a propinarle un golpe. Sin embargo, había serenidad cuando cerró el puño entorno al cuello de su camisa y le alzó como si se tratase de un inerte muñeco de trapo, hundiendo su fiera mirada en la adormilada de Carlo.

─Dime, ángel: ¿cómo es JJ en la cama? Una gatita, ¿verdad? Dime… ¿te gustó poseerla? ¿Poseer su cuerpo y sus labios? ─acercó peligrosamente el rostro al de Carlo. Él contuvo la respiración─. ¿Cuándo fue la última vez? ¿Ayer, hace unas horas…? ─entornó los ojos y frunció el ceño, clavando su penetrante mirada en la del chico─. Si pruebo tus labios… ¿aún quedará en ellos el sabor de JJ? ¿Eh…? ¿Tú que crees…?

Carlo abrió los ojos lo más que pudo por su aturdimiento (que fue poco) al comprender el rumbo de las palabras del demonio. Y sin embargo, no pudo evitar que este impactara ferozmente sus labios contra los de él. Eran fríos, de una frialdad invernal, y duros como la piedra. Se movieron sobre los suyos con saña, mordiendo y adentrándose en su boca mientras una de las manos del demonio en su nuca hacía tanta presión que a Carlo le dio la impresión que el poco aire que respiraba del aliento del demonio era fuego en estado puro.

El beso acabó tan rápido como había empezado. El demonio le soltó la nuca y la cabeza de Carlo volvió a impactar contra el suelo sin fuerza. Él soltó un mísero gemido de dolor, pero aún pudo escuchar las últimas palabras del demonio.

─Te diré lo que vas a hacer. Mañana cortarás con ella; invéntate cualquier excusa, me da igual. Y cuando yo vaya a por ella no volverás a entrometerte. ¿Te queda claro?

Entonces Carlo sintió un pinchazo agudo en la cabeza que no tenía nada que ver con el golpe que le habían propinado.

¿Cortar con JJ…?

No pudo contenerse y, con gran esfuerzo, soltó una ronca y apagada risa como si el demonio hubiera dicho algún buen chiste. Sin embargo, esa risa terminó en una tos seca y el sabor metálico de la sangre en el paladar. Le hubiera encantado que su mandíbula no estuviera rota para poder articular las palabras; seguro que el demonio se habría reído con él de las ironías de la vida.

─¿Dónde está la gracia?

Su voz fue especialmente fiera, especialmente amenazante. Y esa vez, cuando un tercer y brutal puñetazo se le incrustó en el estómago y le quitó todo el aire de los pulmones, Carlo no se sorprendió puesto que ya lo esperaba.

En cambio, el tiempo que duró despierto recibiendo los golpes antes de caer en la incosciencia, se permitió recordar. JJ. JJ y sus gestos cálidos. JJ y sus silencios prolongados, todas las veces que no contestó al móvil.

JJ y sus preciosos ojos llenos de frialdad cuando, el día anterior, dijo las palabras que daban punto final.

‘Lo siento, Carlo. No eres el chico que imaginaba, así que… quiero que lo dejemos aquí. Cortamos. Lo siento’.

Y en el silencio de su inconsciencia, se rió una vez más. Sí. Tenía gracia…